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  • Gerardo Javier Garza Cabello

Cerúleo


Me llena de intriga tu recuerdo que ha logrado sobrevivir a las profundidades de un olvido que prometía ser penitencia. Tal vez seas eterna y no lograba comprender en ese momento esa grandeza, porque nuestros pensamientos se encuentran entrelazados con hilos invisibles, tejidos con recuerdos que se desvanecieron, pero que dejaron una estela de colores que sabe a ti. Son como diminutas joyas ocultas en los pliegues de la memoria, resplandeciendo con una luz atemporal que desafía la vorágine de aquello que cae sin gravedad hacia un vacío inerte. Son esos instantes de dulzura que el tiempo no puede desvanecer, fragmentos de un pasado intangible que en ocasiones quisiera no recordar.


En el dédalo de mis pensamientos, las imágenes se entremezclan, se superponen, se desvanecen. Pero hay partes de ti que se niegan a perecer, aún brillan tus rubios cabellos en esas cavernas olvidadas. Sobrevives incluso a la niebla del tiempo que pervierte la pureza de los pensamientos imprescindibles. Como un faro, un destello, eres la eternidad que guía nuestros pasos en los abismos que se van creando con el recorrido lineal de la historia previa.


Tú no lo sabes, pero tienes el poder de surcar nuevos caminos, de sobrevivir a las tempestades, de estar presente sin importar lo complejo del laberinto. Aunque las palabras se deshagan en el eco eterno, aunque las imágenes se desdibujen y se confundan, persistes, resuenas en todos los rincones, creas tus propias calles a través de los ciclos infinitos del olvido que te niegas a convertir en oscuridad. Con solo haber tocado con las yemas de tus dedos los lugares más profundos de mi alma, enciendes una chispa que perdura.


Y así, en medio del caos, te aferras a los vestigios de dulzura, a los destellos de claridad en un universo quebrado. Son instantes de dicha que sobreviven al tiempo y me recuerdan a tí, porque incluso cuando este universo tenga otro remitente, tu esencia perdurará, inmutable y eterna. En esa eternidad se encuentran las huellas irrepetibles de lo que me hiciste sentir. Los momentos más dulces, la amargura de tu ausencia y la forma en que tu mirada curaba males que tú misma provocarías, inmortalizada en miles de instantes , mientras paseas descalza en el santuario eterno del grano de sal que fue nuestra historia.

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