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  • Gerardo Javier Garza Cabello

tiempo que se esfuma


Podría decir que estoy justo en la mitad de mi vida, probablemente muy cercano a la línea que marca el momento de darle vuelta al reloj de arena, con cicatrices que mostrar y otras más que esconder, algunos rostros extraños, otros muy familiares, pero todos han sido escultores de la arcilla que ha formado mi camino en cualquier lugar, aromas añejos, recuerdos de otros, voy muriendo con la certeza de que mis padres a mi edad ya eran viejos y yo, yo me siento aún con una juventud sobrada que solo evidencia mis ganas de seguir optimista.


Sin embargo recientes ventanas de ansiedad se han ido abriendo y me han hecho navegar a realidades que tenía escondidas que no había querido ni pensar, ni enfrentar, voy cayendo en cuenta que la vejez espera cercana, que las ganas se irán esfumando poco a poco, que el tiempo pondrá en mi espalda tantas losas y ladrillos que no estoy preparado para llevar conmigo, me queda aún mucho camino, es el tiempo quien me ha alcanzado y ahora será mi compañero mientras llego al otro lado de esta montaña.


Llegué a esta conclusión sabiendo que me enamoré un par de veces, que fui llamarada fugaz y memorable para más de una, que seré aquel con el que alguien perdió la cordura y se dejó ir más rápido de lo que hubiera planeado, que alguien le puso freno a mi intención de correr a ver un mundo nuevo creando un escenario ingrato que nunca llegó a su destino, que fui un gran amigo que sólo supo ser grande etéreamente, que mis problemas fueron creando una distancia silenciosa e invisible entre mi y la gente que quisiera seguir existiendo en mi vida y al mismo tiempo que yo colapso ante esta revelación se acrecenta la distancia entre mis demonios y sus remedios, me entero justo ahora que debí luchar un tanto más por mis sueños.


Asumo que al final esa será la belleza de perecer: recalcular, aceptar, ser feliz con lo que la vida me ha entregado y es justo este instante en el que aún siento una soberbia muy cretina de juventud, de perpetuidad, este segundo en que comprendo que no somos nada siendo todo a la vez, que debí dejarle un espacio a más libros, más viajes, que nunca debí suponer que sólo yo quería estar, que no sirvió de nada extrañar, que esta forma de morir no me acercó a ti ni me alejó de la realidad, pienso y repaso aquellos vibrantes momentos en los que olía a ti y lluvia en el pasto, que estamos muriendo y empecé a morir sin ustedes, todos cuáles pusieron luces a mis miles de horizontes. Observo, con una intranquilidad que corroe y desgasta, es inevitable entender que la vida que sigue es mas corta que la vida que ya empieza a irse.

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